domingo, 16 de junio de 2013

2013. Capítulo 107 de 365 -Yo nunca...-

Seguro que alguien, en algún momento de su vida, ha jugado o jugará al "yo nunca...", ese sencillo juego que trata de decir algo que alguien no ha podido hacer y, el que sí lo haya hecho, tiene que beber, por lo que he podido ver... normalmente se usa para situaciones sexuales. Aunque espero jugar algún día y cambiar un poco la norma (no escrita) para ver las hipocresías del ser de turno.

¿Por qué? Bueno, pues porque sí y porque ya me he cruzado muchas veces con el típico de "yo nunca..." (rellenad con algo que uno no haría) y que luego lo cumple paso a paso. Reconozco que soy consciente de que una vez hace algunos años caí en la misma trampa, desde ese día voy aún con más cuidado con lo que digo. De ahí que siempre diga "nunca digo nada".

Obviamente, con el paso de los años he aprendido a mantener más en silencio lo que pienso o lo que haré para no caer en ese error que tanto desprecio, y mucho menos a confiar en la gente que tanto dice que nunca hará X cosa, si ya de por si no confio en la gente, ese tipo de gente se lleva un punto más (o varios) Más aun cuando la mayoría de las veces soy yo la que lo sufre en primera persona.

Y ya no solo el "yo nunca..." tan aborrecido, sino las promesas vacuas con las que la gente se llena la boca de palabras bonitas o simple y llanamente palabras bonitas para decirte lo mucho que te quieren y que luego a la hora de la verdad se quedan en eso... en palabras.

¿Nadie conoce el dicho de "Somos dueños de nuestro silencio y esclavos de nuestras palabras"? Debería ser algo que se tuviese muy en cuenta. Claro que la experiencia me ha enseñado lo siguiente:

Si eres la típica persona que se llena la boca de palabras y promesas bonitas y luego mueve medio dedo por alguien se le tendrá mucho más en cuenta que, por otra parte, alguien que no dice absolutamente nada (o casi nada) y mueve bastante más.

¿Por qué? Muy fácil: a la gente le gusta mucho más oír que ver, se fija muchísimo más en palabras que en actos. Dejando completamente de lado aquellas pocas palabras que puede decir alguien que de por si habla poco solamente por alguien que habla mucho.

A fin de cuenta a la gente le gusta que les digan exactamente lo que quieren oir y así luego no tienen porque dar tanta importancia a los hechos, ¿para qué si ya está todo dicho?

Razones así me hacen permanecer bastante callada y desconfiar aún más de las palabras. Si la gente quiere algo que lo diga, sino no seré yo la que se vaya a molestar en decir "si quieres algo estoy aquí", ¿para qué? sucesos de estás últimas semanas me han demostrado una vez más que tengo razón cuando pienso que las palabras vacías valen mucho más.

¡No pienso molestarme en hacer el esfuerzo de sociabilizar con la gente cuando al tiempo demuestran que todo el mundo es igual! No me gusta la gente, no me gusta estar rodeada de desconocidos y mucho menos tener que interactuar porque así lo marca la sociedad en la que vivimos. No sirve de nada si luego lo único que se van a oír son palabras vacías y que, cuando van a querer hacer caso a lo poco que dices, será simple y llanamente para intentar autocomplacerse de alguna forma para así convencerse de que no han hecho mal, y claro... Uno lo dejará pasar porque así debe ser, pero luego verás que tanto de lo que uno se queja sigue estando ahí, ¿para qué entonces te vienen a contar cosas y a decirte que harán tal cosa si luego no lo van a cumplir? Para eso mantened la boca cerrada y no juguéis a un juego en el que acabaríais borrachos perdidos por vuestra hipocresía.

Si tengo que decir algo, lo diré en su momento puntual, una única vez y si no se quiere hacer caso me lavaré las manos tan tranquilamente. No es mi problema que la gente haga caso de lo que le de la realísima gana, si quieren palabras vacías que se vayan con ellas, es su decisión, la mía es muy clara.

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